¿Cómo desprendernos de la culpa y el victimismo?

La culpa es un sentimiento que surge de un acto que hicimos o que no, algo que estamos haciendo o algo que vamos a hacer o no vamos a hacer. Debido a esto se realiza un “juicio moral” de dicho acto u omisión que dictaminamos como error y por lo tanto merece un castigo.

Este sentimiento nacido de la sanción autoimpuesta nos da entender que la culpa radica en uno mismo. Aunque no solo tendemos a culpabilizarnos a nosotros mismos, sino que tratamos de culpabilizar a nuestro entorno (personas, situaciones, etc.).

Algunos de los efectos negativos de la culpa son: problemas de sueño, tristeza, ansiedad, frustración, vergüenza, descuido personal, disminución de nuestro autoconcepto y la autoestima, etc.

¿Pero de qué sirve o que utilidad tiene la culpa?

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Ninguna. La culpa solo nos lleva irremediablemente al victimismo.

A raíz de habernos sentidos culpables y no haber hecho nada para que eso cambie, se generan en nosotros unos esquemas cognitivos. Una forma de ver “como funciono yo, las personas o el mundo”, que están basadas en experiencias pasadas. De la misma forma pasa cuando culpamos a otras personas o situaciones de lo que nos ocurre. Por ejemplo:

-Imaginemos que soy infiel a mi pareja. En esta situación puede darse un sentimiento de culpa por haber hecho algo que ha causado un perjuicio a mi relación y daños emocionales a mi pareja.

-Ahora imaginemos que hemos sido nosotros engañados por nuestra pareja. En este caso tenderemos a culpar a nuestra pareja por el daño que ella nos ha causado.

En el primer ejemplo pueden aparecer esquemas cognitivos del estilo: “soy una mala persona”, “no me merezco a nadie”, etc.

Sin embargo, en el segundo ejemplo podrían aparecer otros como: “no se puede confiar en las personas”, “el amor no existe”, etc.

En ambos casos aparecen unos esquemas que nos predisponen a la culpabilidad.

Lo mismo pasaría ante cualquier otra situación del día a día como podría ser: un despido en el trabajo, la muerte de un ser querido o la aparición de una pandemia mundial que haga que no podamos encontrar trabajo ni que podamos realizar actividades que antes si podíamos.

Las personas se sienten culpables incluso de cosas que no pueden controlar y que solo forman parte del transcurso normal de la vida. ¿Qué hacemos ante una situación como la de los ejemplos anteriores o los últimos mencionados?

La clave: hacerse responsable

Podemos echarnos la culpa a nosotros, a nuestro padre, a nuestra pareja, al tiempo, a mi jefe, al destino o a la pandemia, pero la única verdad es que somos co-creadores de la realidad que vivimos, y que debemos asumir la responsabilidad sobre los hechos, así como las consecuencias que estos tienen para nosotros.

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La responsabilidad es un proceso de reparación, aprendizaje y crecimiento personal que conlleva renunciar al victimismo y con ello a la culpa, empoderarme y tomando las riendas de mi vida, no permitiendo que el poder resida en otra persona o situación externa.

Implica realizar acciones que, normalmente e inconscientemente, evitamos asumir por esa espiral de victimismo que nos hemos autogenerado y que nos aleja cada vez más de nuestra zona de confort.

Atrévete a fallar y que las cosas quizás salgan mal… ¡Que no te paralice la culpa!

Cuando algo va mal, una persona responsable mira hacia dentro y no busca culpar o victimizarse. Una persona víctima buscará excusas basadas en culpas que paralizarán o enlentecerán su capacidad resolutiva, dando lugar a los síntomas anteriormente mencionados (ansiedad, tristeza…).

Entonces ¿Tengo que hacerme responsable tanto de los actos como de las emociones que me causan?

¡La respuesta es SI!

Hemos dicho entonces que tenemos que hacernos cargo de lo que hacemos, de lo que el entorno “nos hace”, pero también de las consecuencias emocionales que tienen para nosotros.

Un concepto a tener en cuenta aquí es el de responsabilidad emocional. Hay que entender que las emociones ni son positivas ni negativas, simplemente son. Existen emociones que son más sencillas de abordar como puede ser la felicidad, pero hay otras como la ira, el miedo o tristeza que conllevan un grado de esfuerzo mayor para poder gestionarlas.

¿Cómo se gestionan? Aceptando que debemos pasar por todas y cada una de ellas sin juzgarnos cuando así sea, para aprender y conocer como nos afecta una determinada situación y tomar las riendas de la misma, es decir, responsabilizarnos.

Para resumir. Tres consejos para pasar de la culpa a la responsabilidad:

  1. No se acaba el mundo ante un error. No es tan grave como normalmente pensamos. Una vez hecho, hecho está. Sentirme culpable no va a cambiar la situación, pero responsabilizarme de las consecuencias para mi o para los demás si va hacer que nos sintamos mejor con nosotros mismos.
  2. Fallar es parte de la vida. Es inherente al ser humano. No tenemos que desear hacer todo bien y aceptar que fallar es algo bueno y positivo para el auto-crecimiento y búsqueda de una mejor versión de nosotros mismos.
  3. En ocasiones siempre podremos reparar el daño causado o el daño que nos causan, en este caso, haciéndonos cargo de las emociones que desencadenan en nosotros.

En PsicoAbreu te ayudaremos a responsabilizarte, a dejar atrás la culpa y por ende, a que tengas el control y las riendas de tu vida.