Las seis emociones primarias son el miedo, la alegría, el asco, la ira, la sorpresa y la tristeza. Estas emociones primarias son universales. Todos los animales las sentimos porque han sido útiles para adaptarnos al medio y sobrevivir. Además, generan las mismas respuestas fisiológicas, de comportamiento y expresiones faciales en todas las especies. En este artículo vamos a centrarnos en el miedo y las claves para entenderlo.

El miedo es una emoción que, en mayor o menor medida, todos estamos sintiendo debido a la situación actual provocada por el Covid-19. Esta emoción que tan bien conocemos pero que tanto nos desagrada y que, en muchas ocasiones, nos lleva a sentirnos incapaces de afrontar ciertas situaciones y, en definitiva, de vivir plenamente. El miedo a veces se convierte en un gran obstáculo que nos impide vivir la vida que queremos.

Lo primero que debemos saber es ¿cómo funciona el miedo?

Claves para entenderlo

Una de las primeras claves para entenderlo, es conocer cómo funciona en nuestro cerebro. Ante un estímulo amenazante nuestro cerebro envía señales a nuestro sistema nervioso autónomo y endocrino. Estos sistemas activan y producen una serie de cambios fisiológicos en nuestro organismo que nos ayudan a enfrentarnos a cualquier situación que pueda ser una amenaza para nuestra supervivencia. Al mismo tiempo, en nuestro cerebro se activan una serie de regiones asociadas a emociones. El miedo es una de estas emociones que nos ayuda a afrontar situaciones de peligro.

El proceso sería el siguiente: nuestro cerebro, que es capaz de anticipar y predecir peligros, interpreta que una situación es amenazante. Para nuestros antepasados estas situaciones amenazantes estaban relacionadas con peligros reales. Sin embargo, actualmente muchos de los peligros que activan nuestra alarma se refieren a peligros imaginarios. Es decir, el miedo se puede activar simplemente por imaginar que algo malo nos podría ocurrir. Cuando el miedo lo generamos a través de nuestros pensamientos es más fácil que permanezca en el tiempo ya que sigue activado aunque el objeto al que temo no esté cerca.

Una vez hemos interpretado que una situación es amenazante nuestro organismo activa tres tipos de respuesta: lucha, huida o parálisis. ¿Qué quiere decir esto? Que cuando sentimos miedo nuestra respuesta natural puede ser enfrentarnos a eso que es “peligroso” (quizás atacando a alguien o a algo), huir de la situación o quedarnos paralizados cuando el miedo es muy intenso. Estas respuestas pueden ser efectivas en ciertas situaciones pero se vuelven problemáticas en muchas otras, porque responder de esta forma mantiene el miedo en situaciones en las que no existe peligro real.

Entonces, ¿cuándo es útil el miedo?

Si tomamos como referencia nuestra situación actual el miedo puede tener una función adaptativa cuando nos ayuda a protegernos y a proteger a los demás ante el contagio. El miedo puede llevarme a mantener distancia con otras personas, a llevar mascarillas cuando salga a la calle y a evitar situaciones en las que pueda haber aglomeración de personas. Existe una situación de amenaza y el miedo me ayuda a afrontarla evitando conductas de riesgo e incluso quizás me mueva a enfrentarme para concienciar al resto de personas. En estos ejemplos mi emoción y el tipo de respuestas que conlleva me está acercando a mi propósito, proteger, y si no me está ocasionando ningún tipo de limitación en el resto de áreas de mi vida no tiene por qué ser un problema.

Y, ¿cuándo el miedo se vuelve problemático?

El miedo nunca es el problema. El problema son las decisiones que tomo cuando siento miedo y el manejo que hago de mi emoción. Para ello, es importante preguntarnos ¿qué pienso acerca del miedo? Porque la respuesta a esta pregunta va a determinar en gran parte cómo me voy a enfrentar a las situaciones que lo despiertan: “el miedo me limita”, “el miedo es peligroso”, “el miedo no es determinante en mis decisiones”, “el miedo es natural y no es negativo”.

La primera respuesta ante el miedo probablemente sea huir si dejo que mi organismo funcione de forma automática. Si además pienso que el miedo es limitante es probable que cada vez evite más situaciones que me generan miedo. Por último, si pienso que el miedo forma parte de la vida pero que puedo decidir qué hacer es más probable que sea capaz de afrontar situaciones difíciles. En definitiva, mi actitud ante el miedo va a ser determinante para que el miedo no se convierta en un problema en mi vida.

El segundo punto importante para saber si estoy usando de forma adecuada mi emoción es fijarme en el contexto en el que se está generando. Como decía anteriormente, el miedo puede ser incluso útil en la situación actual. Pero se puede volver limitante si está constantemente presente, incluso en casa, hasta el punto que está paralizando mi día a día y no me permite realizar las actividades que solía hacer.

El miedo y la vuelta a la normalidad

Es natural que durante la vuelta a la normalidad aún permanezcan reacciones de miedo que serán manejables si se afrontan de forma progresiva. Volveremos a retomar nuestra vida con miedo hasta que nuestro cuerpo aprenda que no hay “peligro”. Que, de cualquier manera, debemos seguir con nuestras vidas porque paradójicamente evitar lo que nos da miedo no elimina el miedo, sólo lo incrementa. Y, ¿queremos vivir con miedo?

Si, por el contrario, pasa el tiempo y la situación se normaliza pero yo continúo evitando situaciones, evito todo contacto con otras personas, si me impide ir a trabajar o concentrarme durante el trabajo… Entonces esta reacción de miedo ya no será proporcional al contexto en el que se está dando y tendré que empezar a manejarlo de forma diferente.

El miedo puede ser muy desagradable cuando se intensifica pero podemos a aprender a familiarizarnos con él. Las claves para entenderlo son permitimos sentirlo en los momentos en los que aparece y tomar decisiones teniendo en cuenta hacia donde queremos ir nosotros, en lugar de seguir el camino que nos marca el miedo. El miedo nos va a acompañar en muchas situaciones y también forma parte de la vida.

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